martes, 15 de mayo de 2012

Bla bla bla bla bla


Esta semana me preguntaron qué antojos he tenido durante el embarazo. Estaba pensando responder que no he tenido antojos específicos, sólo un poco más de ganas por el dulce, cuando mi marido respondió por mí: -hablar, dijo, y yo quedé muda.

Inmediatamente el novio de mi hermana reaccionó: -Ese no es un antojo de embarazada. Es de familia. A ellas les fascina conversar.

La esposa de mi hermano opinó: -No es de familia, es de género: ustedes hablan muy poquito.

Es verdad. Dice un estudio de esos que hacen en universidades gringas o de Europa, en los que siguen a personas durante 15 o 20 años para confirmar que el agua tibia sí es tibia, que las mujeres hablamos el triple que los hombres: Nosotras decimos en promedio 20.000 palabras al día y ellos 7.000.

Claro que esas cifras son el promedio. Yo creo que mi estándar diario es de 25.000 y el de mi marido por ahí 4.000. Hay casos peores: mi hermano debe rondar las 500 al día. Su hija de 18 meses ya conversa mucho, dice monosílabos como sí, no, sopita, pollito, maluco, papito y cosas así. Ella también debe estar hoy por las 500 palabras al día y entonces tienen conversaciones perfectas, con frases de una o máximo dos palabras. Él se siente feliz con un interlocutor de su nivel, pero en pocas semanas ella lo superará. Será más lo que ella diga que lo que él responda.

Mi hermano tiene 31 años y hasta donde sé es una persona normal, o mejor, es un hombre normal, de pocas palabras.

Mi hermano trabaja con un amigo que debe rondar el promedio de 100 palabras al día. A veces almorzamos juntos. No habla. De pronto dice "sí" o "bueno" y eso es suficiente. Es un tipo muy brillante, y supongo que mientras yo hablo y hablo él piensa en cosas interesantísimas, teorías matemáticas o soluciones informáticas muy complejas, pero no lo sabré porque nunca cuenta nada. Mi hermano y él son amigos desde el colegio y se entienden perfectamente. Imagino que hay muchos días en los que aunque están juntos todo el tiempo en la oficina sólo se dicen "hola" y "adiós". Podrían decirse "Hasta luego" o "hasta mañana" pero son dos palabras y prefieren la brevedad.

En todos los consejos sobre las relaciones de pareja dicen que hay que promover el diálogo, y yo me esfuerzo. Entonces por las noches, cuando llego de la oficina, desarrollo mi ráfaga de 25.000 palabras contra las 4.000 de mi marido. Yo le cuento que en el trabajo pasó esto y aquello, que hable con fulano, que leí tal cosa, que almorcé con tal persona, que me fue bien, regular o mal, que en mi familia están todos bien, que hablé con mi hermana y las cosas qué tengo que hacer mañana. Él me responde: "ok" o "bueno" y cuando le pregunto que cómo le fue responde "bien" y cuando le pregunto que qué hizo dice: "nada raro". Eso es el diálogo conyugal. Ahí empieza a hablar el televisor. Ahora estoy embarazada y él dice que hablo más, y como se preocupa por mi descanso entonces a veces me interrumpe el monólogo y dice -Nana, yo creo que es hora de que te duermas ya.

Mi hermana no está embarazada pero el novio le dice lo mismo, sobre todo cuando dan algo bueno en televisión. Cosas de familia.

Cuando eso pasa, se quedan atragantados varios miles de las 25.000 palabras diarias, y uno amanece con saldo en rojo. Ya no tocan 25.000 sino 30.000 o más, lo que quedó debiendo del día anterior. Entonces uno chatea, escribe, habla con la hermana o con la mamá (que son de la familia y tienen el mismo promedio comunicativo). Ahora también tengo la opción de hablar con Alicia. Le canto, le cuento cosas, pero a ratos me siento como esa gente que uno ve en la calle como loca haciendo gestos y hablando sola, hasta que descubre que es que está usando el manos libres del celular.

No se trata de hablar con cualquiera para saldar el déficit de palabras. Por ejemplo yo evito gente aficionada a hablar de enfermedades. Hay personas que son capaces de gastarse las 25.000 palabras en explicar una endoscopia que les hicieron, o un dolor que les apareció en la mano. Que pereza, habiendo cosas tan buenas para charlar. Hay otra gente que gasta todas sus palabras diarias en quejarse, o en inventarse problemas. Gente gris que hace reclamos y dice “pero” todo el tiempo. Horrible.

Así como los interlocutores, los temas van cambiando con el tiempo. Yo creo que adolescente gasté 25.000 palabras o más cada día hablando con las amigas del colegio de tipos con los que habría cruzado 100 palabras. Hay también peleas en las que gasté hasta 50.000 palabras, de las que sobraban todas. Y al contrario, hay temas tabú que merecerían menos silencio.

En fin, esta entrada ya va cerca de las 881 palabras. Mi marido ve televisión en silencio y yo no tengo más que decir. Mi hermano habría dicho en 4 palabras lo que yo dije tan largo. Él habría dicho: “nosotros somos concretos. Ustedes hablan mucha bobada”. O no habría dicho nada. Todo esto le parece irrelevante.

martes, 8 de mayo de 2012

La jefe y la materna

Este fin de semana salió en El Tiempo un informe sobre "los hijos del Estado", según el cual el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar tiene más de 60.000 niños en hogares sustitutos, instituciones o con sus familias pero intervenidas por violencia intrafamiliar y otras cosas. De ésos, 8.294 niños y jóvenes están "en condición de adoptabilidad".

La cifra me impresionó. Tantos niños sin familia, sin hogar estable. Sobre ellos pensé mucho anoche cuando asistí a mi primera sesión del curso psicoprofiláctico: Si fuera obligatorio tomar el curso para quedar embarazado, es decir, enterarse de tanto detalle antes de encargar bebé, muchas más parejas pensarían en serio en la opción de adoptar. Las adolescentes se tomarían más en serio lo de la planificación.

Yo nunca he posado de valiente. Le tengo pavor al parto. Terror. Una prima me contó que cuando estaba embarazada veía todos los programas de Discovery Health sobre partos. Yo en televisión y cine siempre cierro los ojos cuando aparecen sangre, suero, jeringas. Sobre todo la bolsa de suero me causa una debilidad rara. Me pone blandita. Un psicoanalista podría sacarme mucha plata indagando el origen de esa fobia. Por estos días, cuando me hacen la recurrente pregunta sobre si prefiero el parto natural o la cesárea respondo que ninguna de las anteriores. Mi opción es la teletransportación, pero nací en la época errada. O me gustaría como la Virgen María, que iba en un burrito sabanero, llegó a un pesebre y al rato nació el Niño Dios, pero nunca nos dicen que con dolor, con contracciones, con sangre ni nada de eso. La concibieron sin tocarla ni mancharla y así dio a luz. Por obra y gracia del Espíritu Santo. Un milagro así quisiera yo (el del parto, se entiende, no el de la concepción).

Pero como no es posible, ayer empecé el curso psicoprofiláctico. El curso lo dicta una enfermera a la que todo el mundo le dice La Jefe, porque es enfermera jefe, y nosotras somos Las Maternas. No las mamás, ni las embarazadas, ni las señoras, sino Las Maternas.

Esta Materna debe tomar 11 sesiones, cada una de 2 horas, sobre temas varios. Hay algunos con títulos bonitos como "masajes estimulantes" o "respiración y relajación", pero por azar del horario empecé con la sesión del terror: "Cuidados de la mamá después del parto". Uno está todo ilusionado esperando a la bebé, imaginándose su sonrisa y haciéndose el loco con el tema del parto, y llega La Jefe a hacerle a uno un aterrizaje forzoso: En el parto se pierden 500 ml de sangre. si es cesárea se pierde el doble. Por eso si La Materna quiere ir al baño en las siguientes 6 horas después del parto no puede. Tiene que hacer en pato o pañal. O aguantar, porque se puede desmayar. Cuando oí eso le dije a mi marido que yo sí me voy a desmayar, pero no cuando nazca Alicia, sino ya, ahí mismo en plena clase, porque todo lo que La Jefe dice va debidamente complementado por una presentación en power point con fotos y gráficos como para que a uno no se le vaya a ocurrir jamás levantarse después del parto.

Otros detalles: en la maleta para el hospital debo empacar al menos 10 pañales. Quiero decir: 10 pañales para mi, no para la bebé. Nos mostraron uno, no los conocía. Son como unos cucos gigantes, diseño matapasiones, talla única, talla XXL. También hay que llevar 2 pijamas, ojalá tipo bata, ojalá con botones o cremallera adelante, o sea de las que descontinuaron en el mercado hace 50 años. Les decían locas. Es para que las enfermeras puedan poner más fácil los catéteres, el suero... qué obsesión con el suero!

La Jefe tenía una teta de caucho, como una pelota, para explicar los problemas que surgen con la lactancia. Mastitis, agrietamiento, sangrado, congestión. Con razón tantísima publicidad dirigida a Las Maternas, en radio, prensa y televisión, pidiéndonos que amamantemos durante 6 meses, porque es saludable, porque genera vínculos con el bebé, porque ayuda a adelgazar más rápido, porque aumenta las defensas y un largo etcétera. Si eso fuera tan bueno y feliz se vendería solo, sin publicidad, pero ayer con la teta de caucho entendí con suficiente detalle la letra menuda del asunto.

Un dato curioso: Los pezones están conectados al útero (no sé si conectados directamente o cómo... La Jefe no explicó) y cuando el bebé chupa el pezón, el útero se contrae. Amamantar después del parto ayuda a que el útero se cierre más rápido, pero jalar los pezones en el embarazo genera pequeñas contracciones y en el primer trimestre puede ser riesgoso. (En otra entrada ya había contado sobre la hipersensibilidad en las tetas que surge con el embarazo y lo sabroso que eso puede ser... pero ya lo dijo Roberto Carlos: "lo que a mi me gusta es ilegal, es inmoral o engorda.

La Materna estará en el hospital 24 horas si es parto natural y 48 si es cesárea. Yo nunca he pasado una noche en un hospital. Jamás. Lo más grave que me ha ocurrido fue la cirugía para sacarme las cordales. Ahí me cogieron uno o dos puntos en cada muela, me pusieron anestesia local, dolió terrible y me mandaron inmediatamente para la casa. Ahora dormiré en el hospital y en la perspectiva más amable me cogerán puntos en lugar innombrable que se espera que no se infecten, no sangren y en todo caso sí molestarán y arderán (eso dijo La Jefe) y me toca a mí misma hacerles al menos 2 curaciones diarias hasta que se caigan por ahí a los 5 días. Eso si las cosas van bien, porque si se complican habrá cesárea y esos puntos sí duran por ahí 15 días y toca volver a donde el médico para que los retiren.

Como ya hablé de la Virgen María, sigamos con las referencias bíblicas: el curso psicoprofiláctico me pareció muy similar a eso que pintan de Jesús en el Monte de los Olivos, que "vio" todos los tormentos por los que iba a pasar más adelante y le pidió a Dios que le apartara ese cáliz pero que si no se podía pues ni modo. El curso es igual: Materna, ya sabemos que estás muy feliz, pero te vamos a mostrar los tormentos que te esperan. Este cáliz no lo puedes apartar, es el precio que debes pagar, así que aguántate. Venimos a aguar la fiesta.

Pienso en el parto y mejor ni pienso. Me imagino sangre, jeringas, suero, inyecciones, puntos y más sangre. Todo eso me aterra. Me consuelo con lo que me dijo un amigo periodista: "bueno, al menos no hay hasta ahora ningún caso conocido de un bebé que se quede eternamente viviendo ahí. Por algún lado saldrá". No sé por dónde saldrá Alicia, pero saldrá. Entonces reflexiono sobre toda la gente que anda por ahí, que nació en algún momento, surgió de un parto, hubo una mamá que ya pasó por todo lo que me espera y si todas pudieron yo no debería sentir tanto susto. De pronto antes, hace años, muchas mamás iban al parto medio desinformadas o medio engañadas... por lo menos al del primer hijo... y con los otros pues de malas, no había tanto método anticonceptivo. Hoy tenemos mucha información, sabemos más y el curso nos educa. Pero como a las esposas a las que les ponen los cachos, hay cosas que es mejor no saber.